domingo, 10 de marzo de 2013

El hurtador misero y moliente.


El granuja paseaba su mirada por las calles buscando una posible víctima. El asaltante cuando la tarde cerraba se apostaba en la misma esquina que en la víspera, como única contemplación de arrebatar carteras, billeteras o bolsos. El susodicho santurrón era un filibustero en toda regla en el arte de engañar y crear artimañas, dichas facultades mermaron al casamiento con su joven esposa, a pesar de ser un saqueador en toda sepa la amaba , ya entrada en sus últimas horas las noche regresaba a su hogar con múltiples reliquias pertenecientes a sus víctimas, que entregaba a su mujer.
Sus ultrajes bien diseñados llevaron a enamorarla profundamente, teniendo misma reciprocidad él también se encontraba en amoríos, una tarde se enzarzaron en una candente discusión que termino en desavenencias de la partida de la mujer de la casa y el cargado con los utensilios para su oficio, salió a un nuevo atraco.
Ya la noche hendía paulatinamente la frecuentada calle, el apretaba con voluntad angustiosa la empuñadura de su cuchillo, colmado de impaciencia por la infructuosa noche sin padecimientos, esperaba arisco cualquier signo para su bajeza. Una mujer esbelta cruzo el recodo de la incierta calle, caminaba despacio cavilando pedirle disculpa a su marido con quien había tenido un tenue discusión, el rufián acobijado por las tinieblas de la noche salta sobre sus pies el escondrijo, hundió el puñal sin compasión en la espalda de la dama, una sonrisa maligna danzaba en sus labios y sus ojos despedían brillo ante la codicia de arrebatar objetos de valor, cesaron los alaridos de dolor y la sangre discurría por la adoquinada calle. El asaltante se le helo la sangre que circulaba por sus venas, el corazón le se le batía como un pendulo contra el pecho, con manos temblorosas por su desgracia le da vuelta y reconoce su perdida, sus recuerdos surcan fugazmente su memoria, porque aquella fémina era su esposa.

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