domingo, 10 de marzo de 2013

La muerte.

El yermo del silencio se reflejaba en las aguas vítreas del lago, el sol realizaba su círculo diurno y la oscuridad envolvía en sus mantos, un haya se encontraba de cara al lago sus ramas producían retorcidas sombras. Un hombre con ahincó esfuerzo llega gimoteando al claro embarazado con arrapos calcados en sangre, se deja caer al pie del árbol y embriagado por su desdicha suelta una sarta de improperios e injurias hacia la vida. Tal vez por arbitrariedad o simplemente el hecho de encontrarse a punto de morir llama a la muerte en un acto tan rudimentario como maldecir.
Una brisa frívola mecía las hojas, la luna iluminaba como farol natural el escabroso terreno, unos galopes resonaron cerca del lago, una silueta apareció súbitamente encapuchada y una capa de viaje ondeándole, cabalgando a horcajadas sobre un caballo negro, el enigmático sujeto se apeo de los estribos del caballo. Acercándose al hombre moribundo pronunció unas palabras que denotaban una ira fría contenida, recito:
—Me has llamado en un arrebato de la más ingenua incredulidad, insolente no es lo mismo llamar a la muerte que verla venir — continúo el misterioso sujeto— así que entonces no temes morir?
El hombre hizo recopilación de fuerzas y valor, y las agolpo en la siguiente frase que artículo:
— Si tu pregunta es si me enlace tanto a la vida como ahora perderla, la respuesta es no — Aunque, te expondré una propuesta — dijo lacónicamente y con una sonrisa socarrona en sus hoscas facciones.
Una ráfaga súbita de viento, elevo la capucha al misterioso personaje dejando en evidencia una calavera como cara y dos hoyuelos oscuros. Soltó una carcajada estridente que reverbero a las fauces de la noche en todo el lugar. 
Que tienes para ofrecerme, estas a mi merced, — se regodeaba la muerte al exponer el desamparo del hombre.
Se… se. — Balbuceaba el hombre al encontrarse en presencia de su fin— se… donde… esta…
La muerte saco su hoz, con la determinación de arrancar otra vida del mundo mortal. Por un segundo a la luz de la luna centellaron los agujeros que tenía como ojos iluminando unas joyas rojas engastados en ellos.
Sospesando la propuesta de aquel hombre, le escruto el rosto macilento al desahuciado.
— No cuentes cuentos al que sabe de historias, y repliega tu ardid o no demostrare más clemencias a hacia semejante escoria mundana — Sulfuro la muerte.

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